Hola soy Aria una rica kinesiologa en lima peru. Espero que les parezca sugestiva la anécdota que les voy a contar. Les aseguro que sucedió como lo describo. En verdad, solo he alterado el nombre de uno de los protagonistas de la experiencia por el de Mario, el que utilizo en recuerdo de un amigo muy querido.

Como saben, mi esposo Enrique, trabaja en el ramo empresarial, lo que hace que tengamos una vida social bastante intensa. Asambleas, viajes, cenas y todo género de acontecimientos son muy habituales en nuestra vida rutinaria. En uno de esos, conocí a Mario. Un ingeniero que comparte con mi marido muchas de sus actividades profesionales y, si bien no lo sabe, asimismo a su mujer.

En esa ocasión, mi marido me solicitó que lo acompañase a una cena-baile, con la que acababa un esencial acontecimiento de negocios. Sin singular ánimo, accedí a acompañarlo, pensando en que sería otro de esos acontecimientos en los que juego el papel de una simple muñeca bonita que sonríe y acompaña a su esposo.

Esa noche, deseé, de cualquier forma, no defraudar a mi marido y me apliqué en la selección de un vestido muy elegante y un cauteloso arreglo personal. Tras el baño, concienzudamente, arreglé cada detalle para estar preciosa. Un fino maquillaje por la noche, un arreglo impecable de mi cara, un peinado esmeradamente conseguido y unas modernas tonalidades a mis párpados, lo que, resaltaba el verde de mis ojos. Mis labios, con un toque de brillo extra al rouge, acentuaban mi natural sensualidad. Además de esto, unos finos aretes que hacían resaltar los frágiles lóbulos de mis orejas, parte que, por lo menos en mi, en el momento en que me besan hacen que trema mi cuerpo. Como es lógico, no faltó la cautelosa selección de un perfume sutil en mi cuerpo. Por último, mi sortija de matrimonio, la que jamás falta en mi fino y frágil anular, el anillo de refulgentes que Enrique me obsequió en algún aniversario de bodas, una delicadísima pulsera de oro y una cadena que hacía apreciar la suave curva de mi cuello.

Una vez terminado mi arreglo, me puse un vestido azul sutil. El que, dejaba al descubierto mi espalda y cubría mis pechos con una lona tan fina, que se apreciaban mis pezones embelleciendo su anatomía firme y sensual. El escote era pronunciado, prácticamente hasta la cintura. En esa parte, el vestido se cerraba con un frágil mecanismo, del que, dependía que se sostuviera toda la prenda en su sitio. No me puse braguitas, solo una finas pantimedias, que no impedían que mis curvas se perfilasen de forma delicada durante mi cuerpo. Lógicamente, me puse un par de zapatos de tacón de alto, que no escondían la delicadez de mis pequeños pies.

Estaba concentrada en mi arreglo, cuando aprecié la mirada de Enrique, el que, al verse descubierto, me afirmó con voz grave – Aria, eres la mujer más preciosa que he conocido. Tengo diez años viviendo contigo y me prosigue turbando tu excepcional sensualidad. Tus movimientos, tus expresiones, tu femineidad. Le contesté – Vamos amor, ¿no piensas que en ocasiones exageras? – Claro que no, me maravilla, la naturalidad con la que impactas con tu belleza, comentó.

Salimos, Enrique me abrió la puerta para subir al vehículo. Mis piernas, espléndidamente le obsequiaron una imagen de mi sensualidad. Al llegar al hotel, el chaval de la entrada me abrió la portezuela y, con absoluta naturalidad repetí la escena. El joven, no pudo disimular su turbación y quedó petrificado, cuando le afirmé, tocándole suavemente su mentón con mi mano. – cierra la boca, cariño, que te marchas a acatarrar. No supe cuanto tiempo se quedó impactado.

Ya estaban los convidados en las mesas del suntuoso hotel. Conversaban animadamente, cuando comenzaron las presentaciones. No puedo negar que, sentí las miradas de muchos en mi cuerpo, en el momento en que me quité el gabán para sentarme, como corresponde, enseguida de mi marido. Mario, el ingeniero en jefe de la compañía, con una seguridad que me chifla en los hombres, comentó en frente de todos – Enrique, me habían comentado que tenias una esposa realmente bonita, mas creo que se quedaron cortísimos en la descripción. Te felicito y, como es lógico, te envidio.

Sin duda, ese hombre maduro, limpio y educado, evocó unas ligeras palpitaciones en mi clítoris, que me son tan familiares, cuando percibo esa corriente de sensualidad y afinidad por un hombre. Inmediatamente, comenzó ese juego exquisito de la mutua atracción. Las miradas, los pactos tácitos, el roce de las manos, el brillo de los ojos colmados de pasión contenida, las palabras llenas de promesas enmascaradas. Poquito a poco, me comencé a estimular. Las copas, las miradas de lujuria que despertaba mis pechos que se dibujaban mediante la delgada lona de mi vestido, mi espalda y mis piernas, que lucían preciosas por medio de la desprendida abertura, cargaban el entorno de sensualidad, que me fue imposible impedir la secreción de mis jugos vaginales.

Tras la cena, los convidados, estimulando la camaradería, invitaban a unos y otras a compartir el baile, la conversación y las copas. Mario se puso de pié y se dirigió a nosotros diciendo – Enrique, me encantaría invitar a tu esposa a danzar y probarle lo buenas que acostumbran a ser las relaciones entre los colegas, ¿te importa? – Desde luego que no, si Aria admite, no hay inconveniente. Respondió.

Sentí una corriente de placer que recorrió mi cuerpo, cuando Mario me puso sus varoniles manos en mi espalda. Me aproximó hacia él y pude percibir un exquisito aroma de loción masculina. Santo dios! estaba realmente excitada. No pasó bastante tiempo cuando sentí en mi vientre su poderoso instrumento. Con movimientos suaves y frágiles, moví mi cuerpo para alentar, con disimulados roces, su pene erecto. Mi respiración se aceleró en el momento en que me afirmó al oído – Aria, eres una Diosa, querida. Me haces tremer. Hueles muy rico, tienes una piel como pétalo de rosa, si prosigo sintiendo tus pezones erectos sobre mi pecho no voy a poder eludir correrme. En ese instante, subiendo mis manos para abrazarle por su cuello, le afirmé – Querido, ya te has dado cuenta de que no llevo lencería, y, obviamente, tu asimismo me excitas, amor. Entonces, expresé ese suave ronroneo, que me sale involuntariamente en el momento en que me siento ardiendo.

La música proseguía y Mario comenzó a besarme, con delicadeza y de forma fugaz, en los lóbulos de mis orejas. Como he comentado, eso me provoca sensaciones exquisitas. No tardaron en llegar los pequeños clímax, que en cadena, se suceden cuando he llegado al máximo de la excitación. Lógicamente que se dio cuenta, cuando no pude eludir los ineludibles temblores de mi cuerpo. Me atrajo cara sí, acariciándome mi espalda desnuda y, con su voz grave, halagó mi femineidad, susurrándome palabras cargadas de un profundo erotismo – tienes un cuerpo precioso, Aria, eres sensual, te deseo, estás hecha para el amor.

Estaba en ese éxtasis, cuando se aproximó Lucrecia, una amiga de nuestra familia, y me afirmó al oído, – Aria, das el espectáculo, aparte de Enrique, tienes a todos como hipnotizados viendo como te abrazas con Mario, creo que solo aguardan el instante en que comiencen a joder en la pista de baile. Se por lo menos un tanto reservada, por favor. Miré a los de la mesa y aprecié el evidente el nerviosismo de mi marido. Entonces, me dirigí a Lucrecia y le comenté – Despreocúpate querida amiga, las escenas de amor no dañan a absolutamente nadie.

Tomé a Mario de su mano y lo invité al corredor del hotel, que se halla anexo a los aseos. Ahí, le ofrecí mis labios que tremiendo demandaban ser besados. Él, tiernamente me apartó la lona del vestido y liberó mis pechos, y comentó – Dios! Tienes una tetas frágiles, firmes y hermosísimas. Y comenzó a acariciarlas y besarlas como poseído.

En ese instante, llevé mi mano a su entrepierna y le acaricié su exquisito pene, que se erguía enorme bajo su pantalón. Sentí su temblor cuando le puse mi fina mano en su instrumento viril. Al ver que en ese sitio pasaban ciertas personas, las que sorprendidas, disimuladamente volteaban la cara, le sonreí y me dirigí al baño de los hombres. Entré en uno de los cubículos del muy elegante sanitario y, sin importar lo más mínimo que se hallaba un señor de edad avanzada en el orinal, cerré la puerta y, sin más ni más preámbulo, le abrí el cierre del pantalón. Al tiempo, desabroché el mi vestido y le ofrecí la visión de mi desnudez. Ante mi acción, quedó pasmado y comentó – Jamás me imaginé que el día de hoy iba a conocer a la mujer más bella que mis ojos han visto. No le respondí, de este modo desnuda, tomé su pene entre mis manos y, poco a poco, me incliné para poner en él mis turgentes labios.

A lo largo de ciertos minutos, le ofrecí al excitado Mario, las sustanciosas felaciones que, conforme con mi experiencia, aloquecen a cualquier hombre. No tardó nada en correrse en mi boca. Mi lengua, llena de su semen, distribuía sus fluidos por medio de mis labios. Proseguí chupando su pene, hasta el momento en que su tamaño redujo de forma lenta. En esos instantes solo escuchaba los apagados sonidos graves que caracterizan a los clímax masculinos.

Entonces, me senté en el toilet, que estaba cerrado con su tapadera, me quité las medias y le ofrecí el espectáculo que se ofrecía con mis piernas abiertas. Los labios de mi sexo, como pétalos, incitaban a Mario a poner su lengua en ellos. Divinamente, me comenzó a acariciar, primero de manera lenta y después con profundidad. Recorrió mi clítoris que se inflamó como una deliciosa fruta y, tras nuevos clímax, le rogué que me penetrara. En esa situación sentí su enorme verga, fantásticamente recuperada, que se introducía poco a poco en mi vagina. – Santo dios, le afirmé, – Siento un placer inenarrable, al sentirme poseída por ti, ahggggggggg, te amo Mario. No me importó si había en ese instante hombres en el baño. La verdad, es que no pude disimular los chillidos y expresiones de enorme placer, al sentir el clímax con una serie de clímax que, no recordaba haber sentido ya antes.

Aún sintiendo las sensaciones que te quedan tras un exquisito clímax, me puso sobre él y de esta manera, me monté sobre el magnífico miembro erecto. Sentí como me llenaba la totalidad mi frágil vagina. De manera plena lubrificado su pene, se movía de arriba abajo, al paso que mis tetas, firmes, tremían ofreciéndole la ocasión de acentuar la experiencia. – Más querido, más, fóllame duro, amor. Le rogaba. No tardó en tomarme de la cintura y con una fuerza, que en ese instante me pareció otra agradable muestra de su hombría, me puso en la situación “de perrito” y sin más ni más, me introdujo su falo, acariciándome al tiempo mis redondeadas nalgas. – Estas exquisita, Aria, tienes unas nalgas de sueño.

No se cuanto estuvimos follando. Cuando nos sentimos totalmente relajados y satisfechos, nos vestimos y me dio un profundo beso. Le agradecí la fantástica experiencia y, lógicamente, insistió en que nos volviésemos a ver.

Tornamos al salón. Mi marido me dirigió su mirada y me preguntó – Acá estás amor, estaba pregunta si alguien te había visto. ¿Te pasó algo querida? En ese instante Mario se adelantó y le afirmó a mi marido – Desde luego que no, me atreví a raptar a tu mujer para enseñarle unos cuadros de arte moderno que exponen en el lobby del hotel. ¿Verdad que te agradaron Aria? Le respondí – Me encantaron, cada uno de ellos de ellos me pareció una profunda y deliciosa expresión de pasión y sensibilidad. Me encantaría seguir profundizando en ellos,¿ no crees, Enrique, que me lo merezco?. – Claro Aria, te lo mereces. Eres una esposa dulce y cariñosa. Expresó con seriedad.

Volvimos a casa. Me di cuenta que iba sin medias, plenamente desnuda bajo el vestido y con mi recuerdo de la deliciosa experiencia de infidelidad que terminaba de tener con Mario. Mi vagina guardaba los restos de su semen, el que, poquito a poco se incorporaba a mis tejidos anatómicos y su recuerdo, se hacía indeleble en mi psique.

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