Julián caminaba tranquilo por los pasillos del edificio donde trabajaba como oficinista. Acababa de tomarse un exquisito café a lo largo de el descanso y le había sentado fenomenal. Esa nueva empresa que habían contratado para la máquina de café había resultado un gran acierto. Nada que ver con el horror con sabor a agua de fregadero que bebían antes.

Prosiguió su camino en dirección hacia su puesto en las oficinas. Trabajaba en una empresa de producción agrícola y él estaba en la parte contable. Era un buen trabajo, pero las jornadas se volvían monótonas y aburridas. Siempre llegaba a casa cansado y con pocas deseos de hacer algo. Lo cierto era que la moral del hombre estaba últimamente algo caída. No solo por el trabajo, en líneas generales no sentía que su vida fuera a más. Le hacía falta algo con lo que llenarlo. Como le habían dicho muchos de sus colegas, quizás era hora de dejarse de tanto ligar por las noches y sentar la cabeza de una maldita vez.

Se estaba ya acercando ya a la entrada de las oficinas cuando se cruzó con una de sus compañeras, Sara. La señorita estaba llorando, apoyada en un lado de la puerta. Verla así, le dejó muy sorprendido.

—Sara, ¿qué te pasa? —preguntó el hombre preocupado.

La señorita miró al hombre muy preocupada. Julián pudo ver que sus marrones ojos estaban enrojecidos, seguramente de tanto llorar. Se acercó temblando. Pareciera que fuera a darle un ataque o desmayo.

—Joder Julián, ¿no sé qué hacer? —decía desesperada—. Esto va a ser una mierda y como el jefe se entere…. ¡me mata!

—¿Pero cuál es el problema?

No hubo tiempo de una respuesta, pues la kinesiologa se pegó a él mientras que lloraba desconsolada. Julián, a lo único que se pudo limitar, fue a abrazarla mientras que dejaba que se desahogase. Ella pegó su cara contra el pecho del hombre y este acarició su largo pelo rubio claro a fin de que se calmara. Ya cuando estuvo tranquila del todo, la apartó para mirarla.

—A ver, que pasa —preguntó de nuevo.

—Te…tengo que entregar unos papeles importantes al jefe —explicó aun mientras que tomaba bocanadas de aire. Se notaba que la señorita seguía nerviosa—. Si no se los llevo en nada me va a matar.

Conocía a Sara de hacía poco. Se incorporó tan solo unos tres meses atrás y ya desde el primer instante se mostró como alguien ambicioso y con deseos de trabajar. No era nada raro. Joven y recién salida de la faeducadad de Economía, estaba deseosa de arrasar con todo y llegar a lo más alto. Pero ahora, se terminaba de dar contra el muro de la realidad de no ser más que alguien en el peldaño más bajo de la empresa. No solo a la sombra de los gigantes, sino encima, en una posición precaria. El más pequeño error y estaría fuera.

—¿Acaso no los tienes? —fue la siguiente pregunta que realizó.

Sara negó con la cabeza, dejándolo claro.

—Los tengo en este pen drive —respondió, sacando del bolsillo de su camisa un pequeño aparato de color rojo.

Julián lo cogió con su mano y tras observarlo, decidió seguir hablando.

—Pues mételo de tu ordenador y saca unas copias.

Al escuchar esto, la señorita se mostró muy inquieta. Miró al hombre con bastante miedo.

—Eso es lo que iba a hacer, ¡pero se ha estropeado!

—¿Estropeado? —comentó el hombre perplejo—. ¿No funciona?

Ella asintió ahora como respuesta. Julián alucinaba.

—Bueno, pues bájate y busca alguna papelería —le aconsejó—. No debes regresarte loca. Siempre hay una solución para todo.

Esto último pareció reconfortar a Sara, aunque de nuevo, la desilusión se dibujó en su cara.

—¡Estamos en las mismas! —espetó disagradada—. La reunión es muy pocos minutos. Mientras bajo y me hacen las copias tardaré demasiado.

El hombre ya no sabía que más hacer. Ya él, a sus treinta y cuatro años, podía llegar a ser pesimista, pero lo aguantaba lo mejor que podía. Sin embargo, esperaría que alguien tan joven como Sara fuese capaz de ver las cosas de manera más positiva, aunque dada su inexperiencia, se le desmoronaba todo en cuanto se encontraba con algún problema.

—Bueno, pues pídele a alguien que te saque unas copias —le afirmó como último recurso.

Ante esto, Sara le miró atónita.

—No puedo pedirle a alguno de mis compañeros que me saque una copia.

—¿Por qué no? —se notaba que a Julián comenzaba a exasperarle la actitud tan derrotista de ella.

—Tú ya sabes de qué manera es la gente de chivata y malintencionada —esgrimió Sara—. Si le pido ayuda a alguien, este tal vez se lo diga al resto de la oficina y entonces, todos comenzarán a decir que soy una inútil, que no se trabajar y que de ahí que, no merezco estar donde estoy.

“Desde entonces, esta señorita es de lo que no hay”, pensó Julián. Suspiró, cada vez más harto de ver en lo que se había metido. Ya llevaba perdido bastante y tenía que regresar a su sitio, pero aun así, no quería dejar en la estacada a su maltrecha compañera. La miró con lastima y decidió ayudarla.

—Mira, vente a mi mesa y lo sacamos de mi ordenador.

Al oír esto, los ojos de Sara se iluminaron.

—¿En serio?

—Sí, pero vamos ya, que se te va a hacer tarde.

—Oh, ¡muchas gracias Julián! —afirmó la joven muy alegre mientras que se apretaba contra el hombre. Este se estremeció cuando notó el cuerpecito tan bonito de ella pegado contra el suyo.

—Sí, excelente, pero ya te digo, andando que no tenemos tiempo.

Al darse cuenta de lo que decía, la señorita le hizo caso y fueron hasta el sitio de trabajo de Julián.

Ya una vez allí, el hombre se sentó frente a su escritorio y puso en marcha el ordenador. Mientras esperaban a que terminara de iniciarse, se fijó en la señorita. Ya no parecía tan nerviosa como antes, lo cual le tranquilizó, aunque todavía la notaba un tanto agitada. Cuando por fin el fondo de escritorio apareció en la pantalla del PC, Julián se puso manos a la obra.

—Pásame el pincho —le solicitó.

Sara se lo entregó y lo puso en la ranura correspondiente del CPU. Acto seguido, obró el milagro. Puso a copiar los papeles en la impresora común que tenían en aquella una parte de la sección. Por suerte, nadie la estaba utilizando en ese preciso instante, por lo que no hubo interrupción alguna.

Una vez terminó de imprimir todo, se levantó, recogió los papeles y se los entregó a Sara, quien aún seguía atónita ante lo que terminaba de ver.

—Gra…gracias Julián —afirmó un tanto bloqueada por el instante.

—De verdad, no debes dármelas —comentó él despreocupado.

De repente, la kinesiologa le dio un fuerte abrazo. No supo que decir o hacer cuando sintió aquel menudo pero cálido cuerpo apretándose contra él. Le hizo sentir algo inde qué manerado, aunque en el fondo, tampoco le disagradaba demasiado. Cuando se miraron, ella le obsequió con una radiante sonrisa.

—En serio, lo que has hecho por mí… —parecía no tener palabras para agradecerle por lo que había hecho—. Mereces una recompensa por esto.

—Con conocerte hacer bien tu trabajo, me conformo —le afirmó el hombre—. Y ahora vete, que se te va a hacer tarde.

La señorita ya se disponía a irse, pero entonces, se volvió a Julián y le plantó un beso en su boca. Quedó descolocado ante la inesperada acción por una parte de Sara y más lo estuvo cuando esta le susurró al oído:

—Cuando cuando llegue la hora de irse, ve al baño de señoritas.

Tras esto, Sara se marchó con rapidez, llevando los papeles que le tenía que dar al jefe en su mano. Julián no podía creer a lo que terminaba de asistir.

El resto de la jornada laboral la pasó Julián preguntándose qué demonios pretendía Sara. Decía que le iba a dar una recompensa por la ayuda que le había prestado. Su mente, calenturienta como pocas, no tardó en imaginar cosas perversas, pero el hombre trató de pensar que eso no podía ser posible. Tenía a Sara por una señorita responsable y trabajadora. Alguien que jamás se liaría con un compañero de trabajo. Pero por otra parte, ¿Qué otra cosa podía ser?

Por más vueltas que le diese, no lograba sacar nada en claro y lo que era peor, las horas se hacían más pesadas. Decidió despejar su mente y dejarlo estar hasta el final de la jornada. Entonces, iría al baño de señoritas, tal como ella le había dicho. En un primer instante, estuvo sopesando no ir, pero la tentación era enorme. Solo de recordar lo guapa y dulce que era Sara, se le ponía la piel de gallina. Y otra cosa, muy dura. Respiró exvisitado y se concentró en su trabajo, sin dejar de mirar la pantalla del ordenador, aunque le costaba.

Una vez llegó la hora de irse, Julián esperó a que todos sus compañeros se marchasen, a fin de que así nadie le viera escurriéndose hasta el baño de las señoritas, como lo había llamado Sara. Una vez se había asegurado, el hombre partió hacia allí. Tomó el pasillo de la derecha y lo vio en el fondo. Supuso que la joven se refería a ese, puesto que era el que compartían ambas oficinas. Como fuera otro, se podría liar. Apoyó su espalda contra la pared y esperó con paciencia.

Al cabo de un pequeño arto, que a Julián se le hizo eterno, pudo ver como Sara aparecía. Caminaba tranquila, como si nada le preocupase. Llevaba el pelo suelto y al hombro colgaba su bolso. El hombre no quiso excederse demasiado, pero la kinesiologa le parecía un ángel bajado del cielo. Una autentica preciosidad. Cuando la tuvo a su lado, el hombre se puso recto. Tembló un tanto al notar sus marrones ojos sobre él.

—Te afirmé que esperases dentro —comentó un tanto alborotada.

—Bueno, al menos estoy acá, ¿no? —afirmó resignado.

Ella no le respondió. Tan solo se limitó a abrir la puerta y hacerle un gesto a fin de que pasase. Sin considerablemente más que decir, lo hizo.

Ya dentro, Julián miró alrededor. Se notaba más limpio que el de los hombres, eso podía constatarlo. Se volvió hacia Sara, quien permanecía allí parada, sin hacer algo. De hecho, se la notaba muy inde qué manerada. Él sabía porque se sentía de esa manera y quiso decirle algo, pero antes de llegar a abrir su boca, la kinesiologa se lanzó hacia él y le dio un fuerte beso.

Julián no se esperaba esto y se quedó quieto. Sara se limitó a besarlo. Aunque sentir los esponjosos labios de la señorita lo exvisitaron bastante, el hombre no hizo nada. Tan solo se limitó a observar lo que ella hacía. Continuó besándolo hasta que se percató de la inactividad del hombre y se separó, mirándolo extrañada.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—¿Esta era la recompensa? —Julián no podía sonar más confuso.

La señorita se encogió de hombros, como si no esperase esa reacción por una parte del hombre.

—Pues si —contestó cortada—. ¿Es que acaso no te agrada?

—No digo que me disguste, pero no sé si es buena idea.

Una cierta tensión se palpaba en el ambiente. Los dos se miraron con enorme incomodidad. Desde entonces, esto no era lo que esperaban ninguno de los dos que ocurriese.

—Yo pensé que esto era lo que deseabas, ¿no? —comentó nerviosa—. Es lo que a todos y cada uno de los hombres os encanta.

—No niego que es exvisitante —afirmó Julián, comido por la vergüenza—, pero al menos, no sé, pienso que deberíamos tomar un café por lo menos.

Notó en el cara de Sara la decepción. Parecía claro que había fallado en lo que pretendía.

—Supongo que he hecho el ridículo —concluyó entristecida—. Creí que así estaríamos en paz.

—¿Por qué afirmas eso? —Julián estaba estupefacto ante lo que terminaba de decir

—Pues porque a los tíos os encanta tener sexo y creí que antes de que no dudaras en aprovecharte de ello, pensé que podría dártelo y así no estaría en deuda contigo.

Quedó alucinado tras escucharla. No podía negar que la idea era exvisitante, pero al unísono, no le agradaba. Él no era de los que se aprovechaba de una señorita y desde entonces, jamás chantajearía a Sara. Y ver que todo este asunto surgía de algo así, le chocaba bastante.

—Sara, ¿por quién me tomas? —Se notaba que estaba algo molesto—. Yo jamás me aprovecharía de ti, y menos por unos puñeteros papeles. Es más, no pensaba pedirte nada a cambio. Me sentía satisfecho con ayudarte. Eso es todo.

La kinesiologa se le quedó mirando impresionada. Desde entonces, no debía ser lo que esperaba cuando entraron al baño.

—Lo…. lo siento —afirmó con voz entrecortada—. Yo pensaba que esto te agradaría y no deseaba que me chantajeases. Muchas veces pasa eso y yo…

No llegó a terminar la frase. Se puso a llorar y eso, le apenó a Julián. Se acercó a ella, agarrando su cara con una mano. Podía ver sus ojos cuajados de lágrimas.

—Tranquila —le afirmó—. No pasa nada.

—Sí que pasa, ¡joder! —exclamó ella, apartándose.

Se puso de espaldas a él y vio como caminaba muy inestable. Julián volvió a acercarse y le dio la vuelta. Ella le miró, notándose una enorme crispación.

—Ahora pensarás que soy una puta —comentó muy enfadada—. Creerás que soy solo una fresca que se lía con el primero que pilla y por lo que sea.

—No creo que lo seas —afirmó con rapidez el hombre—. Lo único que veo es que te has confundido, eso es todo.

—Lo más seguro —reconoció Sara—. Creía que lo típico era hacer favores a aquellos que te ayudan.

Escuchar aquello dejó a Julián un tanto frustrado. Conocía excelente de qué manera eran las dinámicas en ciertas oficinas y lo que se decía de los métodos para conseguir un ascenso. Por eso, le decepcionaba que una señorita tan brillante como Sara cayese en métodos tan burdos. La valoraba mucho y consideraba que podría llegar muy lejos, sin necesidad de hacerle una felación al jefe.

—Sara, no considero que esas sean las mejores formas de actuar —le dejó bien claro—. Puede ser el camino más fácil, pero no el más digno. De todos modos, es algo que dejo a tu criterio.

Pudo ver como la señorita se mostraba avergonzada con lo ocurrido. Quedaron de nuevo en silencio y Julián comenzó a pensar que lo mejor sería marcharse, aunque no le agradaba dejar sola a Sara.

—No pretendía que esto acabase así —reconoció la joven—. Perdona.

—No pasa nada —respondió él.

—Una pregunta —le afirmó ella en ese instante—. Si bien la manera no ha sido buena, ¿la idea que te he propuesto te agrada?

Al oír esto, se estremeció. Miró a la señorita un tanto confuso. No se esperaba para nada que le hiciera semejante cuestión. En un principio, estuvo muy reticente de responderle, aunque al final, lo hizo.

—A ver, la forma de proponerlo no ha sido la mejor —contestó cauteloso—, pero no voy a negarte que me parece muy atrayente. Eres una señorita muy guapa, por cierto.

Añadió esa última frase sin saber excelente porque. Y tal vez, no debó de hacerlo.

Una preciosa sonrisa iluminó el cara de la joven. Eso le gustó, aunque le inquietó al unísono.

—Vaya, ¿así que te gusto? —afirmó con una voz que le resultó muy sensual.

—Eres muy guapa, como acabo de decirte —comentó él un tanto inquieto.

De repente, la señorita se colocó justo frente a él, dejando ambos caras apenas unos centímetros cerca.

—Tú a mí asimismo me agradas.

Justo antes de llegar a decir algo, Sara volvió a besar a Julián. Y esta vez, no era un prudente piquito como el de antes. No, le estaba pegando un morreo. Se apretaba muy fuerte contra él y llegó a meter la lengua en su boca, paladeando todo su interior. El atrevimiento de la joven el impresionó. No se esperaba algo así. Lo peor, era que le estaba poniendo cachondo de una manera desmedida.

Cuando se separaron, los ojos de la señorita brillaban de forma intensa.

—Sa…Sara —intentó decirle el hombre—. De nuevo, no debes hacer esto para zanjar la deuda. Eso está cerrado.

—Julián —le frenó ella con una seguridad que no había atisbado hasta ahora—. No hago esto por obligación o porque quiera deregresarte ningún favor. Lo hago porque deseo hacerlo, punto.

Y volvieron a besarse. Esta vez el hombre no se quedó atrás, quedando bien claras las intenciones de la señorita. Se pegó más a ella y la abrazó, sintiendo el prieto cuerpo de ella pegándose al suyo. Su polla, bien dura y marcando paquete por dentro del pantalón, presionó contra la barriga. Sus lenguas juguetearon a lo largo de un pequeño rato, mientras que la saliva recorría de una boca a otra. Fue un beso profundo e intenso.

Tras concluir la inesperada unión bucal, Sara se separó para llevar su boca a la oreja de Julián. Así, comenzó a susurrarle.

—¿Sabes que era lo que tenía planeado hacerte?

—¿Que? —afirmó el hombre muy expectante.

—Te iba a chupar la polla.

Aquellas palabras le hicieron temblar de la emoción. Su polla dio un súbito respingo, sintiéndose aprisionada bajo su pantalón. A pesar de ello, se separó un tanto de la kinesiologa para mirarla.

—¿Seguro que es una buena idea? —inquirió con preocupación—. Mira que nos pueden pillar.

Sara le sonrió muy coqueta.

—No te preocupes. A estas horas no hay nadie por acá.

—¿Cómo estas tan segura?

—Me he quedado muchas tardes trabajando y te aseguro que no había ninguna alma por las oficinas. —De repente, le cogió de la mano—. Venga, vamos dentro.

Siguiéndola, entraron en uno de los baños cubiertos. Aunque las palabras e la señorita no eran demasiado tranquilizadoras, decidió confiar en ella. Además, tenía deseos de ver donde terminaba todo esto. No era solo por el sexo, algo que no tenía desde hacía algún tiempo. También estaba el interés por explorar esta oeducada y estimulante faceta que Sara parecía tener.

—Venga, siéntate en el váter —le solicitó ella.

Así lo hizo. Bajó la tapa, se colocó allí y esperó lo que fuera a suceder.

La señorita, por su parte, se puso de rodillas. En esos instantes, Julián agradeció que estuvieran en el baño de damaes y no en el de hombres. Allí, el suelo estaría hecho un asco. Aun con todo, tenía que reconocer que las rodillas de Sara no debían estar pasándolo nada bien al apoyarse sobre el frio y duro suelo. No vio queja en ella, así que prefirió no decir nada.

—Bien, comencemos —comentó apresurada.

Sin dudarlo, llevó sus manos hasta el pantalón y empezó a desabrocharlo. En un abrir y cerrar de ojos, ya estaba arremangado hasta los tobillos. Los calzoncillos no tardaron en hacerle compañía. La polla de Julián quedó por fin libre en toda su parada gloria. Sara la miró con fascinación. El hombre no afirmó nada. Tan solo se limitó a dejarla que hiciera a su gusto.

Sara agarró el miembro con su mano derecha, aferrándolo de la base. Notaba lo dura que estaba. Julián gruñó y respiró vacilante. Se notaba lo exvisitado que se hallaba. La señorita comenzó a mover su mano de arriba a abajo, dejando al descubierto la amoratada punta, de la que se derramaba un tanto de líquido preseminal.

—¡Parece que estás cachondo! —comentó divertida.

—¡No sabes cuánto! —afirmó el hombre muy tenso.

A la señorita le encantaba ver como su compañero, quien le había salvado el pellejo unas horas atrás, ahora gozaba con las suaves caricias que le estaba dando. Y más lo hizo cuando se metió el glande en su boca.

—¡Joder, Sara! —masculló, tratando de no elevar la voz.

La señorita comenzó a meterse el aparato más dentro de su boca y Julián alucinaba con el cálido sitio donde la tenía metida. Vio como la cabeza de la kinesiologa subía y bajaba con cada succión y como los labios tenían atrapados su miembro. Percibía el suave roce de sus dientes y la viscosa lengua paladeando cada centímetro. Tras un tanto así, Sara se la sacó.

—¿Te agrada? —preguntaba mientras que su mano no dejaba de pajear la polla.

—¡Si, coño! —gimoteaba el hombre descontrolado—. ¡No pares!

Entonces, la joven comenzó a lamer el duro miembro. Comenzó por el glande, describiendo pequeños círculos sobre su punta para entonces, ir descendiendo por el tronco. Allá por done pasase, dejaba brillantes estelas de saliva. La mano no dejaba de subir y bajar, continuando la dulce paja que estaba llevando al borde del paroxismo al hombre. Presa del placer, Julián cerró sus ojos, gozando de las gratas sensaciones. Para cuando los volvió a abrir, la boca de Sara se encontraba engullendo su par de huevos.

De repente, la puerta del baño se abrió. Ambos amantes quedaron paralizados ante esto. En completo silencio, escucharon una serie de pasos y el chirrido de alguien que arrastraba un carrito. Eso, les llevó a deducir que se podía tratar de alguna encargada de limpieza.

Julián miró aterrorizado a Sara. Estaba por decirle que lo dejasen, ante el horror de que les pillara, pero prefirió contenerse. La señorita, quien tenía un huevo metido en su boca, siguió moviendo la mano, continuando la paja. Eso hizo estremecer al hombre, quien apretó sus dientes y contuvo la respiración ante tan provocador estimulo.

Oyeron como el agua de uno de los grifos se abría. Seguramente, la señora de la limpieza estaría llenado el cubo de la fregona en uno de los lavabos. Sara siguió con la paja, volviendo muy loco al maltrecho Julián. En un instante dado, disminuyó la intensidad de la masturbación para evitar que se corriese. El hombre se aferraba a la taza del váter, intentando contenerse, aunque le costaba horrores. Miraba hacia la puerta del urinario, la que era una hoja completa, no como las de otros servicios que solían tener un hueco por debajo. De tenerlo, la señora de la limpieza vería idealmente a Sara arrodillada en el suelo.

Esperaron con paciencia a que la dama se marchase, cosa que no tardó en suceder. El hombre cruzó los dedos a fin de que no se fijase en que una de las puertas que tenía frente a ella estaba cerrada. Por suerte, no sucedió. Cuando vieron que ya se había marchado, pudieron respirar aliviados.

—¡Tú estás loca! —le reprochó enfadado Julián a la señorita—. ¡Casi haces que nos pillen!

—Vamos, ¿no me afirmes que no te ha parecido exvisitante? —le preguntó ella con osadía.

No supo que responderle. No porque no supiera que decirle, sino porque llevaba razón. El peligro a ser descubiertos resultaba muy exvisitante y esos tensos minutos que vivieron, los gozó de lo lindo. Así que miró a Sara y se lo afirmó bien claro.

—Sí, pero ahora continúa chupándomela, que no me aguanto más.

Ella lo entendió todo a la perfección y se introdujo el enhiesto pene en la boca de nuevo. Esta ve lo engulló casi en su totalidad. Julián se estremeció de nuevo. Se notaba que la kinesiologa iba a por todas esta vez. Comenzó a mover su cabeza de delante hacia atrás, deslizando el miembro por su cavidad bucal. El hombre llevó sus manos al pelo rubio de la señorita para acariciarlo y al unísono, guiar un tanto la felación.

—¡Agh, Dios! —exclamó muy exvisitado—. ¡Esta es la mejor felación que me han hecho jamás!

Cuando afirmó esto, descendió un tanto su cabeza y se encontró con los marrones ojos de Sara. Esa penetrante mirada lo descolocó por completo. Se le clavó en lo más profundo de su ser. Había erotismoy determinación en ellos y eso, le dejó bien marcado. Al mismo tiempo, la joven arreció con su felación, dándole más placer al hombre. Él trató de resistir lo máximo posible, pero fue inútil.

Emitió un chillido que no tardó de ahogar mordiéndose una mano. Todo su cuerpo se tensó cuando comenzó a correrse. Casi se cayó de la taza al notar el convulso orgasmo. Latigazo tras latigazo que lo destrozaba por dentro. Sintió que moría y nacía de nuevo al mismo tiempo. Mientras tanto, Sara bebió del abundante manantial que Julián había liberado en su boca. El sabor caliente y salado de semen inundó su paladar y ella lo degustó con mucho placer. Cuando todo terminó, se sacó el pene.

Jadeante, Julián abrió sus ojos al tiempo que respiraba grandes bocanadas de aire. Vio como ara lamía su polla, devorando los restos de su corrida y los saboreaba.

—¿Te agrada? —preguntó.

Ella asintió muy apremiante.

—Sí, está riquísimo —Se la notaba muy contenta—. Y a ti, ¿te ha agradado lo que te he hecho?

—Pues sí, joder —contestó tajante—. He de reconocer que tienes una boquita prodigiosa para esto. No es la primera que chupas, ¿verdad?

Algo reticente, Sara respondió.

—Ha habido alguna que otra —le comentó algo cabizbaja—. Pero no te creas que se la voy mamando a primero que pillo.

—Tranquila, no estoy juzgando ni nada por el estilo —la calmó el hombre—. Solo tenía curiosidad, eso es todo.

Oír aquello, la reconfortó bastante.

Julián se levantó sus pantalones y se los abrochó. Después de eso, salió al lado de la kinesiologa del baño, cerciorándose de que por las inmediaciones no estuviera la dama la limpieza. Con verlos juntos por los pasillos, ya tendría suficiente para andar contando chismes por la oficina. Por suerte, no toparon con ella.

Ya fuera, se miraron un tanto avergonzados. No podían creer que hubieran sido capaces de algo así, pero el caso era que lo habían hecho y no se arrepentían. Julián volvió a mirarla de nuevo y empezó a sopesar algo.

—Oye, ¿deseas que te acerque a casa?

—Tranquilo, tengo coche.

Esa respuesta le decepcionó un tanto. Notando que no iba a conseguir nada, decidió despedirse y pone rumbo a su automóvil.

—Oye, una cosilla —comentó de forma repentina Sara.

—¿Que? —preguntó Julián.

—Sobre ese café, ¿cuándo te viene a ti bien tomártelo?

Quedó extrañado ante tan inesperada pregunta.

—Pues no se —afirmó confuso—. ¿A ti cuando te parecería mejor?

—Por la tarde suelo tener libre —comentó despreocupada—. ¿Tienes mi número de celular?

—Pues no.

Intercambiaron los números de sus móviles y así, se mantendrían en contacto. Se despidieron con un súbito beso en la boca por una parte de ella, lo cual, dejó al hombre muy sobrecogido.

—Bueno Julián, ahora estas en deuda conmigo.

—¿Y eso?

—Te he hecho una buena felación, así que espero que tú me hagas algo igual de exitante.

El hombre se quedó con la cantinela y le afirmó que no dudaría en satisfacerla tanto como ella había hecho con él. Al final, Julián concluyó que la recompensa que le había dado Sara había resultado mejor de lo esperado. Tenía deseos de saber a dónde llegaría con esta señorita y dese entonces, estaba más que deseoso de averiguarlo.

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