Exactamente igual que las tonterías de las películas: acabar todas las borracheras diciendo que si el año que cumplíamos los cuarenta no teníamos pareja nos iríamos a vivir juntos y estrenar el año en nuestro nuevo piso de alquiler.

Me desperté fatal. Resaca, la boca pastosa… una sensación peor cada año. Cuando pude abrir los ojos, la luz que se filtraba por una persiana mal cerrada dejaba ver un cuarto que no era el mío. Perdón. Ahora sí que era el mío. Año nuevo, vida nueva.

Hice rápido balance de la noche de ayer: parejitas que no vinieron por los niños, parejitas que se fueron rápido, parejas y amigos que siguieron hasta vaya usted a saber y muchas, muchas bromas sobre nuestra nueva “vida en común”. Total, que volvimos en silencio, pesándonos el alcohol, y cada uno a su cuarto, casi sin charlar.

Me llamo Sara. Cuento con cuarenta años. Hasta ahora no he tenido una pareja que me haya durado ni que haya tenido mucha intención de que me dure. Ayer empecé a vivir con uno de mis amigos para hacer algo más estable. En un rato me voy a comer a casa de mis padres y quizás deba dar alguna explicación. Estoy caliente como una perra.

Bueno, eso se me ha colado, pero es verdad. Estoy harta de salir a ligar, de visitas a ciegas en las que mis amigas intentan buscarme “la última ocasión”. Quiero follar tranquila, en el instante en que me apetece, sin tener que mendigar o venderme como una buscona.

Debo estar aún muy borracha (¡borracha y resacosa al unísono! ¡bienvenida a los cuarenta!), porque me estoy colando en el cuarto de Josema y acabo de decidir que en la “carta de servicios” de compartir piso asimismo se incluye el sexo. Otra persiana mal cerrada me deja ver su bulto en el centro de la cama y me deslizo al lado de él bajo el edredón.

Pienso qué hacer… bueno, mejor no. Descubro que está desnudo y le busco la entrepierna. ¡Feliz Año Nuevo! Tiene el nabo durito, sin llegar a ser una piedra, así que me voy a dar el gusto de que me termine de crecer en la boca.

Me lo meto entero. Me agrada. Me llena la boca pero no me angustia. El roce de mi lengua seca con él es… extraño, así que decido sacarlo, enrollándole la lengua mientras que sale, y empezar a darle besos mientras que me voy llenando la boca de saliva.

Los besos van dejando paso a mi lengua, que va acariciando su cabeza, a veces rodeada por mis labios. Cuando por fin me la vuelvo a meter me doy cuenta de que me he perdido la una parte de hacerlo crecer. Ahora es un pene muy duro, así que me afano con él, trabajándolo con todo cuanto tengo. Mi mano derecha masajea sus huevos, dejando que el ínafirma acaricie su ano. La mano izquierda se mete en mis bragas y empiezo a hacerme el dedazo de mi vida. La lengua y los dos dedos que me torturan el clítoris van a la par hasta que la velocidad hace que se desacompasen. Voy mamando y machacándome sin parar, cada vez más cerca. Me voy a tragar toda su leche, si es que puedo aguantar sin correrme hasta entonces.

Entonces noto su mano. Sus dedos recorren mi pelo hasta descansar en mi coronilla. Me paro. Odio que me dirijan las felacións como si fuera una boca de goma. Sin embargo los dedos no se detienen, y sin apenas presión me van acariciando suavemente. Me encanta. Estoy mamando como una golfa y me tratan como a una princesita. Chupo delicadamente el capullo y empiezo a follarme la boca con el pollón que le ha crecido.

No va más. Se hincha, a punto de escupir, y a duras penas puedo seguir mamando. Me corro. Los espasmos me hacen que me frote el clítoris sin control mientras que voy tragando lo que me da. Todo se relaja. El pene, mi orgasmo, mis felacións. De repente me doy cuenta de que todo está parado por fin. Me la saco levemente, limpio cuidadosamente el glande, primero con mis labios y entonces con mi lengua, y me escurro fuera de la cama.

Me pongo un chándal y voy a bañarme a casa de una amiga antes de comer con mis padres. Ya charlaremos entonces.

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