Iniciaba a trabajar como moza en un conocido salón de fiestas en Luján. Ahí lo conocí, el chef jefe de cocina. Mi atracción instantánea era tan fuerte e inexplicable.

Yo era una pendeja con muy poca experiencia, sumida en una relación que pendía de un hilo y la extremada sed de descubrir la vida.

Me era inevitable no verlo, tenía ese “no se que” que me llamaba tanto la estoy libre. Tez morena, delgado, preciosas rastas que te llegaban a la cintura y esos ojos negros que me invadían hasta los pensamientos.

Juegos de palabras y visualizacions nos llevaron a nuestro primer encuentro sexual. Yo estaba con toda la timidez encima, era la segunda persona que tocaba mi cuerpo, lo hizo de tal manera que no quería que parara. Ese piercing en su lengua que me volvía loca y su pene tan particular que tocaba algo en mi interior y me hacía gozar en mayúsculas.

Sus pensamientos y forma de vida me fascinaban, era otro planeta. El que yo más quería explorar.

Luego de varios encuentros y charlas me propuso hacer un trío. Era la primera cosa más loca que haría, pero estaba presta a todo.

La tercera persona sería dama. Estaba en la mira su novia… otra piba la que tampoco tenía experiencia en el tema. Después de un tiempo intentando convencerla llegó el “si” y el instante.

Yo me fui hasta su departamento en la sexta. Ahí la conocí a ella, preciosa dama, blancona con su cara lleno de pecas, le quedaban divinas. Una sonrisa encantadora y esa cola… no se iba a ningún extremo, cuerpo cautivador.

Para romper el hielo hicimos el típico juego de los daditos. Uno decía que debías hacer y el otro en que una parte del cuerpo hacerlo.

Chapes por acá y por allá, lamidas y muchas risas cómplices y encendidas. Yo tomaba unos mojitos exquisitos y ellos ron con cola. Para facilitar y soltarnos un tanto más nos fumamos unas flores… mi primera vez, mi primera vez en todo.

Risas por doquier, ya estábamos en ambiente pero aún súper tranquilos.

Él se paró para ir al baño. A ella le tocaba tirar los dados. Tenia que besarme en la boca. “No va a ser más que un pico”, pensé. Ella mostraba ser la más vergonzosa de las dos. Se paró y me besó de una forma tan rica. Mis manos fueron a su cintura y me paré para tocarla mejor. La apoyé contra la pared. Nuestras manos y lenguas se conectaron de una manera preciosa. Tocaba sus turgentes tetas mientras que le sacaba la remera.

Ahí llego él, sorprendido de lo que veía, pero sin dudarlo se sumó a la acción. Estaba detrás de mi, tocándome por completo cada parte, mientras que me sacaba lo que llevaba puesto.

Nuestras manos iban de acá para allá, pasando por cada uno, besos de fuego terminaron llevándonos a la habitación para así sacar la poca ropa que quedaba.

Me sentía desaforada, comencé a saborear su miembro con todas las deseos y satisfacción. Mientras ella empezaba a cernir sus dedos en mi interior y acariciarse así misma.

Sin siquiera pensarlo y darnos cuenta ya estábamos en otra ubicación. Él comenzó a gozar de la vista, con los gemidos de ella en alta voz y llegando a toda excitación mientras que yo acariciaba con mi lengua su deliciosa vulva.

Él vino candente y alocado, agarró mis caderas. Sentía sus fuertes manos tocarme, me penetró hasta llegar a los cielos. Cuanta satisfacción, cuanto placer. Con él tocándome donde más quería y ella entregada a mi, no había otro sitio donde quisiese estar… se retiró para así eyacular por completo en el cara de ella, y con su cara empapada continuó lamiéndose entera. Yo seguía desatinada con ella, no podía dejar de ahondar mis dedos y lengua. Mientras él usaba conmigo uno de los juguetes que habían comprado anteriormente para la ocasión.

Llegamos al deleite y humedad, para el receso con un pucho. Miradas cruzadas que mostraban que aún estaba el hambre y no terminaba todo ahí.

Ella se montó sobre él realizando suaves movimientos a fin de que entonces pasen a ser más duros y desesperados. Él agarró de mis piernas llevándome hacia su boca, me acarició toda suavemente llegando a mis tetas. Rocé mi lengua en el cuello de ella, pasando por su boca hasta matarnos de gozo.

Terminamos con nuestros cuerpos rendidos, tiritando de regocijo.

Despertamos, volvimos a mirarnos unos a otros y con una sonrisa de picardía que decía que seguiríamos pintando el templo.

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